Malas experiencias

Afortunadamente puedo decir que no he tenido apenas profesores a los que recuerde por malas experiencias. En este momento nada más podría hablar de dos.

Hay veces en las que un profesor puede ser muy estricto. Lo puedes pasar mal, pensar que vas a suspender sin importar cuánto estudies, profesores que aunque te esfuerces mucho y hagas un buen examen sean muy meticulosos y al final la nota no sea para tirar cohetes. Mi experiencia es que es muy posible que con este tipo de profesores aprendas mucho sin darte cuenta.

Sin embargo, también me he visto en la situación contraria. Y podría decir que ha sido mucho peor. Me parece divertido que cuando éramos niños todos queríamos tener un profesor "pasota", un profesor al que no le importase mucho que aprendiéramos más o menos pero que nos aprobase con el esfuerzo mínimo. Pero encontrarme esta situación en la universidad acabó dejándome completamente frustrada.

En tercero de carrera, después de dos años de estudio de japonés intensivo, empezamos a traducir textos. Se supone que en estas clases de traducción de japonés teníamos que adquirir unas competencias importantes para poder salir de la carrera como traductores competentes. Sin embargo no fue así en absoluto: la profesora llegaba tarde a menudo, nos repartía un texto en japonés y teníamos que pasar la clase traduciendo. Durante todo el semestre no hubo ni un consejo ni una rectificación; y tampoco ni una ayuda. La respuesta a una duda siempre era la siguiente: "pues lo buscas en el diccionario". No había explicaciones en clase y cada tres semanas teníamos que leer la traducción del texto pertinente en voz alta, y entonces se supone que lo corregíamos. Pero casi nunca había correcciones, porque a la profesora casi todo lo que poníamos le parecía bien. Aunque no se reflejasen claramente los matices del japonés ni los dobles sentidos, y tampoco importaba que el vocabulario no fuera el más adecuado. El examen final tampoco fue gran cosa, todos sacamos unas notas fantásticas sin el menor esfuerzo.
El problema vino más tarde: con el cambio de semestre llegó una profesora bastante más dura y se dio cuenta de que no habíamos cogido un buen hábito para traducir el idioma. Se esforzó mucho y afortunadamente nos ayudó a mejorar nuestras traducciones. Toda la clase nos quejamos y le dijimos lo mal que lo había hecho la profesora anterior y lo indignados que estábamos.

Cuando llegamos a cuarto de carrera volvió a tocarnos la primera profesora en la asignatura de traducción. Y parece que la queja hizo efecto, porque por lo menos empezó a dar las clases de forma un poco más estructurada.


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